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Pero guardamos todo 🙂.
La inteligencia artificial ya ha aprendido a escribir textos, crear vídeos, hablar con voz e incluso bromear. Sin embargo, a pesar de toda su "humanidad", sigue sin tener cuerpo, viviendo en la nube, las aplicaciones y los navegadores. Las recientes declaraciones de OpenAI sobre un posible lanzamiento de su dispositivo físico en 2026 han vuelto a plantear a la industria una cuestión antigua pero aún abierta: ¿necesita la IA un cuerpo físico, y cómo debería ser?
Este artículo ha sido traducido del original. Lea la versión original de nuestro corresponsal aquí.
En 2026, OpenAI planea presentar su primer dispositivo físico impulsado por inteligencia artificial. Así lo afirmó en Davos el director de Asuntos Globales de OpenAI, Chris Lehane. Según él, las soluciones de hardware se convertirán en una de las áreas clave de desarrollo de la empresa ya el año que viene.
El interés de OpenAI por los dispositivos físicos impulsados por IA dejó de ser mera especulación después de que la empresa adquiriera en 2025 un estudio de diseño fundado por el legendario ex diseñador de Apple Jony Ive. Según los medios de comunicación, la operación ascendió a unos 6.500 millones de dólares, convirtiéndose en una de las señales más claras de las serias intenciones de OpenAI en el espacio del hardware. El consejero delegado de OpenAI, Sam Altman, ha calificado a Ive de "el mejor diseñador del mundo", insinuando directamente la ambición de crear una nueva clase de producto en lugar de un simple gadget más.
Aunque OpenAI no ha revelado oficialmente los detalles del proyecto, varias fuentes informan de que la empresa está trabajando en pequeños dispositivos sin pantalla, probablemente wearables, construidos en torno a la interacción basada en la voz. Entre las hipótesis figura un dispositivo de bolsillo parecido a un iPod Shuffle o incluso a un bolígrafo, equipado con cámaras y micrófonos. Un dispositivo así podría realizar tareas como tomar notas, analizar el entorno o recibir indicaciones contextuales sin necesidad de mirar constantemente a una pantalla.
Otra versión más futurista que circula en la industria es un dispositivo con forma de huevo llamado provisionalmente Sweetpea. Según los rumores, podría contar con ChatGPT siempre activo para la interacción por voz y funcionar con un chip de 2 nm. Altman ha descrito anteriormente el futuro producto como "más tranquilo que un smartphone", haciendo hincapié en la sencillez y en una experiencia de usuario no intrusiva.
La idea clave que promueve la dirección de OpenAI es el paso de la era de los smartphones a la llamada informática ambiental. Este concepto se refiere a dispositivos ligeros, casi invisibles, que están constantemente cerca del usuario, analizando el mundo en tiempo real y procesando imágenes, sonidos y consultas sin teclados, pantallas ni interfaces tradicionales.
Pero éste no es el primer intento de dar cuerpo a la IA. A pesar del revuelo en torno a OpenAI, la industria ya tiene una experiencia considerable, no toda exitosa.
Uno de los intentos más sonados e instructivos fue el de Humane AI Pin, lanzado en 2024. La startup, fundada por antiguos empleados de Apple, propuso un nuevo formato radical: un dispositivo wearable sin pantalla que se enganchaba a la ropa, se controlaba por voz y proyectaba información en la palma de la mano del usuario mediante un láser. AI Pin se presentó como el primer paso real hacia una "era post-smartphone", en la que la interacción con la tecnología se produce de forma natural y sin mirar constantemente a una pantalla.
Sin embargo, el uso en el mundo real enfrió rápidamente el entusiasmo. El dispositivo era lento, se sobrecalentaba, tenía funciones limitadas y dependía de servicios en la nube mucho más de lo que los usuarios esperaban. Su elevado precio y la falta de una ventaja clara sobre los smartphones debilitaron aún más su atractivo. Como resultado, AI Pin se convirtió más bien en un ejemplo de cómo una idea ambiciosa puede superar tanto la preparación tecnológica como las expectativas de los usuarios.
Una historia similar, aunque menos radical, se desarrolló con Rabbit R1, un dispositivo compacto de color naranja brillante y pantalla pequeña que se lanzó en 2024. Su principal promesa era que la IA sería capaz de "actuar" en nombre del usuario ejecutando comandos de voz, gestionando servicios, ordenando tareas y asumiendo acciones rutinarias. En las presentaciones, parecía un agente personal en el bolsillo.
En la práctica, sin embargo, Rabbit R1 resultó ser más una interfaz para las plataformas existentes que un dispositivo inteligente independiente. Carecía de profundidad, comprensión contextual y autonomía, mientras que la propia IA no conseguía ofrecer una experiencia cualitativamente nueva. El interés por el gadget se desvaneció rápidamente, reforzando una simple verdad: la forma física tiene poco valor sin una red neuronal realmente potente detrás.
Los ejemplos más extendidos de un "cuerpo" para la IA siguen siendo los altavoces y las gafas inteligentes. Amazon Alexa, Google Assistant y las gafas Meta Ray-Ban ya han enseñado a la IA a hablar y a "ver" el mundo a través de las cámaras. Sin embargo, estos dispositivos no se han convertido en el centro de la vida digital de los usuarios, y siguen siendo herramientas auxiliares con un contexto limitado y una gama relativamente estrecha de casos de uso.
Estos casos ilustran claramente por qué crear un cuerpo físico para una red neuronal es mucho más difícil de lo que puede parecer a primera vista. Un gadget puede ser elegante y tecnológicamente avanzado, pero sin la capacidad de comprender profundamente el contexto, funcionar de forma autónoma, respetar la privacidad y ofrecer una experiencia realmente mejor que la de un teléfono inteligente, está destinado a seguir siendo un experimento de nicho.La gente todavía piensa visualmente, no está preparada para abandonar por completo las pantallas y sigue siendo cautelosa con los dispositivos que constantemente "escuchan" u "observan".
Un cuerpo físico para una red neuronal no es sólo una solución de ingeniería sino, sobre todo, un acto de confianza. Quizá por eso OpenAI no se precipita. El verdadero avance aquí no depende de chips o factores de forma, sino de si la gente está dispuesta a dejar que la IA salga de la nube y entre en su espacio personal.