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Pero guardamos todo 🙂.
Estados Unidos podría dar un paso sin precedentes al confiscar los bitcoins de Venezuela y añadirlos a su reserva estratégica. Pero Venezuela no es el único país que ha llamado la atención de Donald Trump. Cuba bien podría convertirse en el próximo objetivo del presidente estadounidense.
Este artículo ha sido traducido del original. Lea la versión original de nuestro corresponsal aquí.
Cuba ha vivido bajo aislamiento financiero durante tanto tiempo que, para varias generaciones, se ha convertido en parte de la realidad cotidiana. Cuentas congeladas, sistemas de pago inaccesibles, restricciones a las operaciones con divisas y una persistente escasez de moneda fuerte han fomentado una profunda desconfianza hacia cualquier forma de ahorro que dependa del Estado o de instituciones internacionales.
En este contexto, Bitcoin surgió no como un activo especulativo sino como una herramienta práctica. Es una forma de recibir dinero del extranjero, preservar el valor o simplemente eludir un sistema que lleva años sin funcionar en interés de los ciudadanos.
Sin embargo, junto con la difusión de las criptodivisas, ha surgido una pregunta clave, que se plantea cada vez más tanto dentro como fuera de Cuba. ¿Puede el Bitcoin, utilizado por los cubanos o incluso potencialmente acumulado por el Estado, ser confiscado por Estados Unidos? De la misma manera que en el pasado se han confiscado cuentas bancarias, reservas de oro y divisas u otros activos de regímenes sancionados.
La experiencia de Venezuela y los debates en torno a las llamadas cripto reservas en la sombra crean la impresión de que tal amenaza es bastante real. Pero Bitcoin no es ni un banco ni un fondo de reserva, y los mecanismos de control sobre él funcionan de forma muy diferente.
Para entender dónde termina el miedo y empieza la realidad, primero es necesario examinar cómo funcionan realmente las criptodivisas en el contexto cubano.
La cripto realidad de Cuba tiene muy poco en común con los experimentos dirigidos por el Estado en otros países. Aunque en 2021 el Banco Central de Cuba reconoció oficialmente el uso de activos virtuales e introdujo un sistema de licencias para los proveedores de cripto servicios, Bitcoin y stablecoins no se han convertido en parte de una infraestructura financiera de pleno derecho. La legalización formal no convirtió a las criptodivisas en un elemento de la estrategia económica pública. Por el contrario, creó un marco de control que, en la práctica, apenas cubre el mercado real.
El uso real de las criptomonedas en Cuba sigue siendo en gran medida informal y descentralizado, ligado a las necesidades de personas individuales más que a las instituciones. El principal motor de adopción han sido las remesas de la diáspora cubana. Debido a las sanciones y restricciones, los canales tradicionales de envío de remesas funcionan de forma poco fiable o no están disponibles en absoluto. En estas condiciones, los activos digitales permiten transferir valor directamente, eludiendo bancos y sistemas de pago.
Estas transacciones suelen realizarse a través de contactos personales, mensajeros y acuerdos locales, a menudo sin la participación de servicios autorizados y sin ninguna infraestructura pública visible. Como resultado, el ecosistema de criptomonedas de Cuba carece en gran medida de grandes plataformas centralizadas que puedan convertirse en objetivos obvios de la presión externa. Esta fragmentación y naturaleza semi-sombra complican simultáneamente la vida de los usuarios y reducen el alcance de una intervención externa a gran escala.
El ejemplo de Venezuela suele citarse como prueba de que Estados Unidos es capaz de confiscar criptoactivos de cualquier régimen sancionado. Sin embargo, incluso en este caso, es importante distinguir los datos confirmados de las suposiciones. Los datos públicos de blockchain, que proporcionan un libro de contabilidad transparente pero incompleto, indican que las carteras vinculadas al Estado venezolano contienen aproximadamente 240 bitcoins. Esta cantidad se estima en 22 millones de dólares, una cifra que contrasta fuertemente con las afirmaciones generalizadas sobre las llamadas reservas en la sombra que supuestamente alcanzan los 60.000 millones de dólares.
Los expertos sugieren varias explicaciones posibles para esta discrepancia. Es posible que algunos activos estén almacenados en monederos muy ofuscados, dispersos en diversos servicios de custodia, o guardados en libros de contabilidad privados con permisos que son inaccesibles al análisis público. Al mismo tiempo, no puede descartarse que la cifra de 60.000 millones de dólares sea una exageración significativa que combina activos de diversas entidades estatales, cuasi estatales y privadas sin pruebas claras de su conexión con las reservas oficiales.
Por esta razón, el caso venezolano no puede aplicarse mecánicamente al contexto cubano. Las confiscaciones ocurridas en Venezuela estuvieron asociadas a estructuras centralizadas, grandes volúmenes de fondos y el uso de servicios que caían bajo la jurisdicción de Estados Unidos o sus aliados. Estos factores crearon puntos específicos de vulnerabilidad a través de los cuales se hizo posible el control externo. La cripto realidad cubana está estructurada de forma diferente, lo que hace improbable una repetición directa de este escenario.
Al mismo tiempo, sería un error asumir que Estados Unidos no tiene ningún tipo de influencia. Su influencia no se manifiesta a través de la incautación directa de Bitcoin, sino a través de restricciones sobre el entorno en el que se utiliza. Las sanciones complican el acceso a los intercambios, aumentan los riesgos legales para los intermediarios y hacen que cualquier operación financiera relacionada con Cuba resulte tóxica para los servicios internacionales.Para los usuarios de a pie, esto no significa una confiscación inmediata, sino una presión constante que eleva tanto el coste como el riesgo de utilizar criptodivisas. Bitcoin sigue siendo accesible, pero cada transacción existe en un estado de inseguridad jurídica.
Las nociones populares de confiscación de Bitcoin a menudo se basan en analogías con el dinero fiduciario y las reservas estatales. Pero esta analogía es errónea. Estados Unidos no posee un instrumento técnico que le permita confiscar bitcoins en su totalidad del mismo modo que congela cuentas o detiene activos que circulan por el sistema bancario. Sin acceso a las claves privadas, Bitcoin permanece fuera del control directo de cualquier Estado, independientemente de su poder militar o político.
Esto no significa, sin embargo, que la influencia de Estados Unidos sea nula. Las sanciones, la presión legal y el miedo a la criminalización conforman un entorno en el que el uso de Bitcoin se hace más complejo, más caro y más arriesgado.
En la realidad cubana, Bitcoin no es un elemento de estrategia estatal o política de reserva. Existe a nivel de decisiones privadas y necesidades personales como un frágil mecanismo de autonomía financiera. Es precisamente esta fragilidad, más que escenarios de incautación directa, lo que define su futuro real en la isla.