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Pero guardamos todo 🙂.
Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firma una orden ejecutiva, rara vez se trata solo de política: es una declaración. Un desafío a sus predecesores, a las normas establecidas y al concepto mismo de cómo debe funcionar la gobernanza. Su nuevo plan para el desarrollo de la inteligencia artificial entra de lleno en esa categoría.
Este artículo ha sido traducido del original. Lea la versión original de nuestro corresponsal aquí.
A primera vista, es un documento de 23 páginas centrado en la modernización, la infraestructura y el liderazgo de Estados Unidos en IA. Pero detrás de estas declaraciones se esconde algo mucho más trascendente. El plan presentado por la Administración podría remodelar radicalmente el panorama de la regulación tecnológica estadounidense, y no sólo eso.
La idea central del documento es la desregulación, literalmente. Cada frase sobre innovación está respaldada por mecanismos de presión directa: por ejemplo, los estados que introduzcan restricciones "onerosas" al desarrollo de la IA corren el riesgo de perder la financiación federal. En otras palabras, Washington no sólo marca el rumbo, sino que obliga a los demás a seguirlo.
"También tenemos que tener una norma federal única, no 50 estados diferentes que regulen esta industria del futuro. Necesitamos una norma federal de sentido común que sustituya a todos los estados, que sustituya a todo el mundo", dijo Trump el miércoles.
A nivel de contratación, la administración introduce un filtro ideológico: las agencias federales tienen instrucciones de contratar únicamente a desarrolladores cuyos modelos lingüísticos se consideren libres de prejuicios. Pero en este contexto, "sesgo" se refiere a cualquier cosa asociada con la ética de la administración anterior. Se espera que los sistemas omitan las menciones al cambio climático, la diversidad o la desinformación, todos ellos temas relacionados con la política de la era Biden. En efecto, la IA no es sólo una herramienta: debe ser ideológicamente "segura".
Todo esto marca un reinicio del modelo regulador construido bajo el mandato del ex presidente Joe Biden. Ese modelo hacía hincapié en la transparencia, la auditoría y la divulgación formal de los riesgos. ¿El nuevo enfoque? Sin barandillas, máxima flexibilidad y control concentrado por completo en el poder ejecutivo.
La nueva dirección de la administración se alinea perfectamente con los intereses de Silicon Valley. Durante años, las grandes empresas tecnológicas se han opuesto a los intentos estatales de regular la inteligencia artificial. Ahora, la Casa Blanca ha refrendado esa postura al consolidar el control federal sobre la gobernanza de la IA.
No se trata sólo de desregulación en abstracto. El plan ordena explícitamente a las agencias federales que identifiquen qué normas obstaculizan la adopción de la IA y consideren su eliminación. Es una institucionalización directa de las prioridades de la industria: reducir los requisitos de información, acelerar la aprobación de modelos y eliminar las obligaciones de pruebas de seguridad.
Uno de los aspectos más reveladores es el de la política exterior. Aunque oficialmente el plan aboga por un mayor control de las exportaciones para contener a China, la realidad es bien distinta. Pocos días antes de la publicación del plan, el Departamento de Comercio dio luz verde a Nvidia para reanudar los envíos de sus chips H20 a China.
La única sección del plan que se lee más como una estrategia que como una ideología es la parte sobre la energía. La administración Trump lo reconoce abiertamente: sin una infraestructura energética robusta, Estados Unidos no puede sostener el crecimiento explosivo del sector de la IA.
El documento esboza medidas para estabilizar la red nacional, ampliar la generación de energía nuclear y geotérmica y acelerar la construcción de centros de datos. También propone reformas en el proceso de concesión de permisos para proyectos energéticos con el fin de evitar retrasos en el despliegue de infraestructuras críticas.
Se trata de una respuesta práctica a una limitación real: los grandes modelos lingüísticos actuales consumen tanta electricidad como una ciudad estadounidense de tamaño medio. Y si Estados Unidos aspira realmente a dominar la carrera de la IA, esta cuestión es tan urgente como la ética o el acceso al mercado.
Este plan no se limita a marcar un nuevo ritmo: es una declaración de que las antiguas limitaciones ya no son aplicables. Apenas se mencionan los riesgos, no hay mecanismos de transparencia, no se discuten los derechos de autor, el impacto laboral o las consecuencias sociales más amplias del despliegue de la IA.
Lo que sí contiene son claras señales ideológicas, control ejecutivo de arriba abajo y un desprecio absoluto por las voces de los científicos y la sociedad civil. En la práctica, es una apuesta a toda velocidad por la aceleración, aunque esa velocidad venga acompañada de daños colaterales.
El proyecto de Trump para la IA es un manifiesto de modernización agresiva. En su núcleo: desregulación, autoridad centralizada y una base impulsada por la energía para la industria. Está enmarcado como un impulso al liderazgo estadounidense en tecnología, pero que elude las preocupaciones éticas y sociales.
Ahora el mundo se enfrenta a una disyuntiva: competir con Estados Unidos en velocidad o hacerlo con un modelo diferente, que equilibre el progreso con la responsabilidad. Porque Estados Unidos ya no va más despacio. Y está preparado para ir a toda velocidad, sin importar adónde le lleve el camino.